Las
noticias reproducen una infinidad de eventos, como si el mundo estuviera
inmerso en un torbellino de cambios amorfos que alteran modos de vida,
percepciones de la realidad y damos por hecho que alteran estructuras sociales,
económicas y políticas. La gente se mueve neuróticamente hacia ofertas de
nuevos mundos posibles que nadie se detiene a explicar con claridad, presiente
que mañana verá momentos sorprendentes que cambiarán para bien o para mal
nuestro hábitat y nuestro trabajo. En el fondo todas estas noticias agoreras de
cambios en todas direcciones y en todos los ámbitos nos viene del impacto que
están causando las nuevas tecnologías que aún no asimilamos para qué fueron
diseñadas, pero que ya usamos indiscriminadamente para hacer nuestro trabajo y
ocupar nuestro ocio.
El
movimiento es el sustrato para toda interpretación de un estadio social, todo
se mueve y por ende cambia; el movimiento es el concepto central sobre el que
piensan, viven y aspiran los habitantes del planeta hoy en día; lo que no está en
movimiento no existe, ni siquiera en los museos, pues las exposiciones también
se mueven. Cuando todo está en movimiento me temo que todo puede volverse
confuso, pues no hay referencias asibles ni plataformas estables para
interpretar ideas y actos.
Todo
cambia, es la creencia de nuestros tiempos, la nueva fe; no existen universales
sostenibles por la razón y estos conceptos cosmogónicos suenan hoy melancólicos
y cascados. Se dice que todo cambia porque cambian paisajes, geografías,
personajes y estilos de vida que se han transmutado en mercancías desechables,
sin límite para fijar una posición que perdure generacionalmente: si me muevo, estoy cambiando al menos de
lugar; si me muevo, veo otras realidades como espectáculos de un Hollywood
omnipresente en un mundo totalmente interconectado por una red de
telecomunicaciones absolutamente eficiente para llenar de información -buena y
mala- los contenidos de nuestra percepción.
En las nuevas ciencias sociales, interpretar el movimiento y el
cambio ha llevado a paradojas paralizantes ante el impacto decimonónico de
querer alinear la filosofía política, la economía y la sociología a estándares
de pensamiento científico: el método científico se decretó como la única forma
de acercarse a afirmaciones con valor de verdad ante cualquier objeto de
estudio. Sin embargo, el método científico, en los campos de la ciencia y
específicamente de la física, ha llevado al conocimiento del mundo por
derroteros inesperados para los científicos sociales, que se han visto
atrapados entre la visión probabilística de los fenómenos proveniente de la
mecánica cuántica y la visión sistémica dominante en la biología. En efecto, son
visiones divergentes de la realidad porque la primera está basada en todas las
historias posibles de un fenómeno, del que apreciamos en la experimentación las
historias más probables y, la segunda, sigue manteniendo la lógica de la
causalidad. Me atrevo a contraponer estas visiones del mundo señalándolas como
causalidad contra casualidad, a concepciones que no convergen en este momento a
una unidad del pensamiento y que dan licencia a poder interpretar de manera muy
libre muchos fenómenos observables en la sociedad. Baste mencionar la tesis del
“fin de la historia” de Francis Fukuyama o “la sociedad del conocimiento” de Peter Druker
como ideas lanzadas con poca consistencia al mercado académico y político, y
vemos en menos de diez años a los proponentes desdecirse y lanzar nuevas
proposiciones con apariencia lógica.
Si
las cosas y los fenómenos cambian y se mueven, sólo podemos ver que son
huidizos y trasmutables; utilizando solamente la información que nos proporcionan los cinco sentidos no podemos
explicar el movimiento, por lo que requerimos de modelos complejos para
proceder a un análisis que lo haga comprensible más allá de intuiciones
simplonas, más cerca de la razón, con carga explicativa de lo que pasa y sucede
a nuestro alrededor, y específicamente más cerca de lo que percibimos y
entendemos que se mueve y que no sabemos bien cómo ni hacia dónde.
En
el caso de nuestra sociedad, creemos que se mueve porque vemos noticias de que
pasan cosas, pero son cosas de difícil explicación porque nosotros mismos, en
nuestra experiencia cotidiana, vemos que el mundo actual tiene diferencias con
el mundo de ayer, y porque esperamos de mañana vivir “nuevas realidades”, como
si la renovación fuera un acto de fe, como si confiáramos a la fuerza oculta de
la historia nuestro destino y como si desecháramos con un burdo positivismo la
propuesta de Heráclito sobre el "eterno retorno de lo idéntico".
A mi juicio, las ideas de cambio y movimiento llegaron a su momento culminante en la concepción dialéctica de los fenómenos. El objetivo, pues, consiste en vislumbrar en lo
que realmente sigue, el sentido del devenir en el que hoy estamos inmersos,
nuestra posición dentro de esta espiral ascendente que nos lleva
indefectiblemente hacia estadios que resuelven el núcleo mismo del conflicto o
conflictos de nuestra sociedad actual; hagamos el esfuerzo de pararnos frente a nuestra realidad, determinar sus más evidentes contradicciones, entender la lógica bajo la cual surgieron y especular sobre su detonante negación de la negación, que
dará lugar a una síntesis, una reformulación de estructuras sociales y
políticas, a nuevas concepciones del movimiento y el cambio.