Las ideas Antiguas
La primera tentativa racional de explicar el problema del movimiento, es la posición asumida por la primera escuela filosófica, la jónica (siglos VI-V a.C), para la que el mundo, la naturaleza y los problemas humanos “derivan de un principio universal del cual constan, al cual retornan, permaneciendo siempre ese principio permanente e inmutable a través del aparecer, cambiar y desaparecer de todas las cosas singulares.”Ciertamente que el principio universal de las cosas es buscado por los naturalistas [jónicos] en una realidad natural, que, por otra parte, no es solamente sustancia o materia, como quiere hacer aparecer Aristóteles a los primeros filósofos, sino que es “sustancia y fuerza conjuntamente”.
Para los jónicos, el principio universal de las cosas es una materia viviente, animada por una fuerza interior de movimiento o de transformación. Cuando Heráclito proclama metafóricamente al fuego como el elemento fundamental de la naturaleza, establece que la contradicción es lo que permite que las cosas existan, pues el fuego sólo se da si destruye a su contrario, hoy diríamos, a la energía contenida en el combustible. Para Heráclito, “la movilidad del fuego explica el flujo continuo de los seres y su pasar por los estados opuestos, que es la ley divina o razón universal de las cosas [el Logos], identificando los contrarios en su recíproco permutarse.”
Este constante fluir y devenir de la realidad nos da señales, rasgos y signos, consistentes y lógicos que determinan la estructura misma del cambio: el Logos (Λόγος), no sólo en cuanto Ley que rige el universo y que hace posible la existencia de orden y regularidad en la sucesión continua de las cosas, sino también, en cuanto a la Razón, la conciencia humana, la manera que tiene el hombre de enfrentar la realidad.
Cuando Heráclito proclama que “En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]” “el Oscuro de Efeso” deja ver que en tanto el bañista y el río se funden en sus mutaciones, los opuestos (el ser y el no-ser) se entrelazan en una unidad armónica y dinámica, en una “armonía de tensiones opuestas”, tal como la concibió el espíritu helénico y que se la debe a Heráclito, respecto de la realidad del ser: “siempre en lucha y siempre en armonía, en la cual la lucha es generadora de todas las cosas; realidad que es mezcla que se descompone cuando no se agita; vida que se extinguiría si se cumpliese el augurio de Homero cuando pedía la desaparición de toda discordia.”
Con Heráclito, vemos por primera vez al “cambio” en el centro de las explicaciones del mundo y de la vida, la concepción dialéctica como cauce del conocimiento y la teoría de los opuestos simbolizada en una llama, la llama del Logos, la mutación continua y permanente provocada por la contradicción intrínseca de las cosas (algo existe si existe su contrario), que se unen en un fenómeno (armonía) que es lo que percibimos. En este sentido, “todas las cosas que caen bajo nuestro conocimiento sensible, son el verdadero ser, son el ser en sí, que están dejando de ser, para volver a ser, para devenir. El devenir, el cambio, el fluir, el modificarse continuamente de las cosas es, para Heráclito, la realidad fundamental”, el único absoluto.
En los Diálogos de Platón, específicamente en el Crátilo, vemos la dificultad de entender el concepto del cambio por platónicos y aristotélicos, cuando Sócrates pregunta:
¿Cómo entonces podría tener alguna existencia aquello que nunca se mantiene igual? Pues si un momento se mantiene igual, es evidente que, durante ese tiempo, no cambia en absoluto. Y si siempre se mantiene igual y es lo mismo ¿cómo podría ello cambiar o moverse si no abandona su propia forma?”
Y continúa poco después:
“…pero es razonable sostener que ni siquiera existe el conocimiento, Crátilo, si todas las cosas cambian y nada permanece” (…) Pero si, incluso, la forma misma de conocimiento cambia, simultáneamente cambiaría a otra forma de conocimiento y ya no sería conocimiento”.
Sócrates niega aquí la posibilidad de conocer lo cambiante.
Las discusiones sobre el problema lógico del movimiento y el cambio, destacan en las ocupaciones mentales de los filósofos de la Antigua Grecia; es famosa la demoledora crítica que acometió Parménides contra Heráclito, cuando muestra la contradicción lógica en el interior mismo de la idea del devenir. “Porque ¿cómo puede nadie entender que lo que es no sea, y lo que no es sea? ¿Cómo puede decirse, como dice Heráclito, que las cosas son y no son? ¡No puede ser! ¡Esto es imposible!, ¡es absurdo!, ¡es ininteligible.” Y dice Parménides: “tenemos pues que encontrar un principio de razón que haga inteligible la realidad y que no pueda fallar nunca. ¿Cuál será ese principio? Este: El ser, es; el no ser, no es. Y todo lo que sea salirse de eso es descabellado, es lanzarse, precipitarse en la sima del error.” De ahí que estaríamos equivocados si decimos que el ser es movedizo, el ser es cambiante, el ser es variadísimo. En realidad, dice Parménides, el ser es único, inmutable, eterno, ilimitado, inmóvil. Con este principio de identidad, Parménides declara que la percepción sensible es ilusoria y que hay un mundo sensible y un mundo inteligible. Y Por primera vez en la historia, aparece la tesis del mundo sensible y el mundo inteligible, que dura hasta hoy.
La tesis de Parménides fue sostenida brillantemente por su discípulo Zenón de Elea, quien en medio de las acaloradas discusiones sobre la multiplicidad y el movimiento, soltó a la mesa la paradoja de Aquiles y la Tortuga, como muestra de la imposibilidad de conocer el movimiento, ya no sólo como el Logos heracliteano, sino como la limitación de nuestros sentidos para concebir o interpretar siquiera el infinito, infinito que sin embargo está en la esencia del movimiento a partir de los fundamentos de la geometría, máxima manifestación del orden de las ideas para la escuela pitagórica (530 a.C), que proclamó a los números y a las matemáticas como ley y esencia de las cosas.
Zenón sostiene que nunca Aquiles, “el de los pies ligeros”, alcanzará a la tortuga si ésta inicia la carrera con alguna ventaja, ¿por qué? Para la geometría clásica, una curva es un punto en movimiento y el punto es adimensional, pues el espacio se puede dividir siempre en un número infinito de puntos. Entre Aquiles y la tortuga, en el momento de partir, hay una distancia. Cuando Aquiles llega al punto en donde estaba la tortuga, ésta habrá andado algo, estará más adelante y Aquiles no la habrá alcanzado todavía. Cuando Aquiles llegara a este nuevo sitio en donde está ahora la tortuga, ésta habrá andado algo, y Aquiles no la habrá alcanzado, porque para que la alcance, será menester que la tortuga no avance nada en el tiempo que necesita Aquiles para llegar a donde ella estaba. De este modo, Zenón niega la posibilidad de conocer el movimiento (el cambio en el espacio) aún aplicando los principios del pensamiento racional a este problema lógico.
La paradoja de Aquiles y la Tortuga, tan conocida y discutida por siglos, se resolvió de manera plausible veinticinco siglos después, cuando James Gregory (1638-1675) determinó matemáticamente el concepto de convergencia de series, base del cálculo infinitesimal y, en el caso de la paradoja de Aquiles, en la convergencia de series geométricas. Decimos que se resolvió en el entendido de que el problema de Zenón sea un problema matemático, cuando que su planteamiento era en realidad de orden metafísico, inscrito en las discusiones sobre lo uno y lo diverso. Pero la paradoja y sus secuelas revela la enorme arquitectura mental que está detrás de la comprensión del movimiento y el cambio cuando se tiene que acudir a un herramental lógico totalmente abstracto, como las más elevadas matemáticas, para lograr una explicación a una paradoja aparentemente tramposa desde el punto de vista del sentido común.
Destacamos el conflicto lógico de las paradojas y las concepciones de leyes naturales como soluciones al problema metafísico, fuera del orden de las Ideas a la manera platónica y su perfectamente ordenado pensamiento; dice Platón, en el Fedro I:
“…Y si estimo que otro tiene la capacidad natural de ver en unidad y multiplicidad, voy en pos de sus huellas como si fuera un Dios. Y ciertamente a los que pueden hacer eso, Dios sabe si les doy el nombre apropiado, pero hasta el momento los llamo dialécticos”.
Para Platón y Aristóteles la dialéctica es un problema retórico que se desenvuelve dentro de estructuras lógicas preestablecidas, pues imprimen a la realidad una naturaleza dual: la dualidad del mundo establece la lógica del conocimiento y de la razón (Logos). Para estos filósofos que aún seguimos, el mundo no es uno sino dos, “en donde las ideas constituyen el mundo eterno de la realidad, mundo de las sustancias, separado del mundo de las cosas; y nosotros debemos tratar de llegar hasta él, tal como trataba Sócrates por medio de la inducción y la definición, para lograr el verdadero conocimiento” En este sentido, para que todo conocimiento sea factible, tiene que separar y distinguir la naturaleza dual de la realidad: el objeto y el concepto, la sustancia y la esencia, la materia y la idea, etc.
Esta dualidad del mundo ha llevado de la mano al pensamiento occidental hacia sus mayores y más determinantes conclusiones y es por esta lógica dual que las ideas de Heráclito o de Parménides les parecen insostenibles, pues establecen la unidad del ser en virtud de que las cosas son lo que son y no dos al mismo tiempo; pero es tal la fuerza del pensamiento dualístico que hasta ahora nos parece insuperable para hablar, para hablar de lo que sea; inclusive, quedó inscrito en nuestro idioma el verbo ser para separar sujetos y predicados y si nuestro pensamiento en su versión comunicable son estructuras de lenguaje como se sostiene desde F. de Saussure y después con Noam Chomsky, pensamos en dualidades platónicas como si fueran consustanciales a la realidad perceptible.
La lógica dual del mundo también está inscrita en Heráclito y Parménides pero de otro modo: como unidad de fenómenos antagónicos en la naturaleza del ser. Cuando Parménides proclama que “lo que es, es; y lo que no es, no es”, establece esta dicotomía en la lógica del conocimiento del Uno, por exclusión, y de otro modo, cuando Heráclito establece que todo lo que existe tiene en su esencia la contradicción (sólo existe en unidad con su contrario), proclama la necesidad del antagonismo metafísico como posibilidad del ser.
Llevar la dualidad al terreno de dos realidades que se reflejan una en la otra -como la “matriz de las ideas” que proclamaba Platón en su teoría del conocimiento- que separa las posibilidades de la comprensión entre la percepción y la idea, cuando expone que “la verdadera realidad es la que corresponde al conocimiento verdadero, o sea las esencias o tipos universales o Ideas", y este mundo sensible es el reflejo imperfecto, “falaz opinión” y “apariencia ilusoria” de esa realidad absoluta, inmóvil e intemporal. A partir de la explicación que Platón ofrece acerca de las formas geométricas como ideas que subsisten en una realidad inmutable y perfecta y la imperfección de las figuras geométricas en los objetos sensibles, deja clara esta concepción, pese a toda su insinuación de verdad absoluta y de la existencia de absolutos fuera de nuestra inmediata comprensión
Aristóteles cambia el enfoque, que consiste en “substituir a la separación entre las ideas y las cosas la exigencia de su unidad (…) pues la filosofía en Aristóteles se convierte en comprensión de la vida universal.” A diferencia de Platón, “que coloca la sustancia (ideas o formas) fuera de las cosas, y en el interior de ellas coloca la negatividad que se resiste y se rebela (materia)”, Aristóteles busca la razón de las cosas y de los hechos en las esencias (universales), supuestas en el interior de las cosas mismas y no fuera de éstas. La unidad entre la materia y la forma da lugar a la sustancia, a la realidad concreta, “que es el ser por excelencia, que existe y puede ser pensado en sí y por sí, sujeto de todas las cualidades que sólo pueden ser inherentes a él y a sus atributos.” De esta manera, para Aristóteles el mundo, este mundo que vivimos, el mundo sensible de las cosas tangibles y visibles, es al mismo tiempo un mundo inteligente, que aporta todos y los únicos datos confirmables para conformar estructuras racionales que hacen ver al mundo de forma ordenada y cognoscible, de manera inteligible, frente al mundo de las ideas, ubicado en la razón humana, esto es, el conocimiento que los hombres metódicamente (orgánicamente) abstraen de la realidad.
Platón da sustancia absoluta a las ideas, Aristóteles les da esencia absoluta y así consagran lo que serían las discusiones filosóficas por 25 siglos, alrededor de cómo entender la dualidad que podríamos llamar Pitagórica en la que la realidad está en las ideas ó en la materia, o somos música armónica de las estrellas o somos “polvo de estrellas”.
Lo que produjo esta interminable disquisición alrededor de la dualidad, en esta búsqueda de certidumbre sobre cuál de los dos mundos nos era más propio y por ende era el más absoluto, se inmovilizó a los objetos del conocimiento, se dejó de lado la visión de que el movimiento y el cambio son lo que realmente existe, al menos como una hipótesis central del pensamiento filosófico; toda la Edad Media quiso argumentar a favor de que el mundo de las ideas era el mundo de Dios, “estático, omnipresente e inmutable” (San Agustín) y en la Edad Media tardía se reenfoca con Santo Tomás de Aquino la visión de Dios, considerándolo el argumento último que surge de la comprensión del mundo material, a la manera Aristotélica y al igual que Aristóteles surge el salto al límite cuando para llegar a la causa última, a Dios, hay un vacío argumental que sólo puede ser llenado por la fe, en tanto la causa última es una visión estática y extática, donde no caben el movimiento y el cambio.