Corresponde
a René Descartes en el siglo XVII establecer la “duda metódica” y a partir de
ella el método analítico para llegar a los elementos primigenios del saber,
descomponiendo la realidad en sus elementos que la integran hasta llegar a los
principios últimos que son evidentes a la razón. Dejando a un lado la lógica
del Organon aristotélico, introduce
el método que se utiliza en las matemáticas, como un nuevo proceso de
pensamiento para conocer la realidad, que por demás, en Descartes es una
realidad subjetiva que para acceder a su comprensión debemos acercarnos a ella
con las más estrictas reglas de la razón; el racionalismo a ultranza en su
versión moderna, quizá hasta nuestros días, está alineado con las propuestas
cartesianas, aunque es notable que el concepto de razón surgido de los
geómetras griegos y utilizado por Sócrates, prevalece como norma fundamental
para lograr la síntesis que reintegra la unidad a las partes que surgen de la
descomposición provocada por el análisis.
De
este racionalismo surgió en Descartes un mecanicismo también radical, que tuvo
un enorme impacto en el pensamiento científico y social durante al menos ciento
cincuenta años y que tiene secuelas importantes hasta nuestros días. La
propuesta es que el análisis se aplica a todas las disciplinas del pensamiento
y que cualquier problema tiene elementos diferenciables unos de otros y
relaciones entre estas partes también diferenciables a manera de “ideas claras
y distintas”, elementos simples sustanciales a la naturaleza de las cosas que
son racionalmente evidentes y que permiten la síntesis, que es el entendimiento
del todo a partir de la integración de las partes y sólo así podemos comprender
o pensar una situación compleja.
Del
riquísimo pensamiento cartesiano y sus ensayos científicos inscritos en el “Discurso del Método. Para dirigir bien la
razón y hallar la verdad en las ciencias” (1637), sólo haremos una reflexión sobre su famoso ensayo “La Geometría”,
donde crea con una elegancia extraordinaria lo que hoy conocemos como geometría
analítica, donde a partir del espacio cartesiano delimitado en planos
puntuales, resuelve de una buena vez por todas el análisis geométrico de las
curvas, un antiguo problema del que mucho se sabía desde Pitágoras y después
Euclides, pero del que no se había podido distinguir en contexto geométrico su
razón fundamental: el punto, que para la geometría es el cero de la aritmética
y cuyo conocimiento no le fue dado a los antiguos griegos, aunque lo utilizaron
con genialidad desde el centro de una “inmensa circunferencia creativa”.
El
punto por definición y desde hace más de 25 siglos, es una mera referencia en
el espacio que no tiene dimensión, pero que al moverse genera líneas
geométricas; baste recordar la discusión sobre Aquiles y la Tortuga para
comprender la complejidad que encierra pensar en algo que no tiene dimensión
pueda moverse. Descartes, ya herramentado con los conocimientos de la época,
establece que el punto es una idea referencial que se mueve dentro de un marco
referencial, que son los ejes cartesianos, y que podemos conocer la razón en la
proporcionalidad con que se mueve entre un eje y otro en un plano bidimensional
o entre un eje y los otros dos en tres dimensiones. Esto lo lleva a discernir
la creación de todo tipo de curvas lineales y superficiales a partir del
movimiento del punto en determinadas direcciones sujetas a relaciones
matemáticas precisas que se establecen entre los cambios determinados en uno o
dos ejes y su resultado en el eje restante del modelo. De este modo, todos los
fenómenos naturales podían ahora ser analizados como curvas, como puntos en
movimiento y, como ejemplo, Descartes desarrolla los principios de la inercia
mecánica y da una nueva dimensión
conceptual a todos los hallazgos científicos previos al determinar que
cualquier fenómeno puede ser representado en el espacio cartesiano como una
equivalencia matemática precisa y metódica, siempre poniendo los elementos
observables de lo que queremos explicar en función de otros elementos
distinguibles hasta llegar a una síntesis matemática que nos lleva a una
ecuación, y a su vez, esta ecuación nos lleva a revelar la naturaleza curvilínea
de este conjunto de relaciones, como si las ideas
geométricas que Platón ponía como evidencia de la supremacía de las Ideas sobre el mundo sensorial, se
hicieran comprensibles para explicar todo lo que observamos como realidad, como
si todo lo que podemos conocer estuviera hecho de ángulos y arcos, y más aún,
de elementos geométricos con los cuales todo, cualquier conocimiento, es
representable. “Para Descartes, las cosas reales no son ni más ni menos que
simples figuras geométricas.”
Descartes
deja puesto como basamento inamovible el método matemático como el lenguaje de
la ciencia, reuniendo los conocimientos matemáticos de su época alimentados del
álgebra y de la nueva aritmética surgida con el cero, con la geometría clásica,
modelo de razón, el pensamiento más ordenado hasta entonces conocido, quizá
hasta hoy conocido y que tendrá un inmenso impacto en nuestro modo de conocer
las cosas del cuerpo y del alma; Descartes, releé la solución aristotélica de
la sustancia y la esencia, que trasmuta en la res cogitans, la cosa que piensa a partir de sus atributos de
imaginación, sentimiento y voluntad que conllevan la conciencia, frente a la res extensa que es el atributo
fundamental de la substancia, la extensión espacial tridimensional como la
razón fundamental de la existencia de las cosas, condición previa y necesaria
para que pueda darse la “figura y el movimiento” de las cosas. Puede entenderse entonces
la conclusión cartesiana de que la existencia sólo es posible en el
pensamiento, pues la cosa, la res en
su dualidad, es pensamiento puro.
El
análisis cartesiano es un momento culminante en este poderoso impulso de
perfeccionar el herramental matemático para abordar nuestra inmersión en la
realidad que impone una nueva realidad matematizable: disponer al espacio y al
tiempo en forma de curvas equivalentes a ecuaciones (las funciones
geométricas), donde la antigua trigonometría toma la dimensión de base de
conocimiento de todas las ecuaciones analíticas posibles (porque el triángulo
es la superficie elemental) y donde la extensión de las cosas hace posible su
movimiento y este movimiento de las cosas hace posible su pensamiento. Son
estos pensamientos más que puras elucubraciones matemáticas, y como
conocimiento específico, la geometría analítica abre un universo de
posibilidades al pensamiento matemático del siglo XVII, donde se da una
explosión de genios matemáticos que no termina sino hasta muy entrado el siglo
XX.
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