Renacimiento, Matemáticas y Movimiento
La
mutabilidad del ser, la posibilidad de pensar en el movimiento como problema
intrínseco de la existencia de las cosas, es una de las ideas centrales que
explican el Renacimiento (1300-1600 d.C.): una vuelta a las viejas discusiones
de la Academia original y surgen ideas provocadoras como las de Giordano Bruno,
Copérnico y Galileo Galilei (1564-1642), que tratando de demostrar que el mundo
es inteligible porque está creado por un ser inteligente - inteligente a la
manera del hombre- se encuentran con que la inteligibilidad de lo que existe
sólo es posible más allá de los dogmas de fe y que hay que realizar una
relectura crítica de Platón y Aristóteles para encontrar nuevos significados
lógicos que expliquen los fenómenos. Surge en esta búsqueda -en la versión que
hoy conocemos- la proclama de que hay Leyes Naturales y que estas leyes operan
por orden del creador, pero independientemente de Él pues siempre suceden las
cosas en procesos iguales, que podemos apreciar de manera comprobable en un
tiempo y espacio bien definidos.
Cuando
Copérnico, lleno de culpas, descubre que es mucho más fácilmente inteligible el
sistema solar poniendo al sol al centro en vez de la tierra, está echando a
andar una visión de que nuestro mundo se mueve, que al menos gira alrededor del
sol y sobre su eje a velocidades no comprensibles para la sensorialidad y, en ese tanto,
recordamos con solemnidad las palabras de Galileo que contienen el concepto que
va a explicar al mundo a partir de entonces: “Eppur si muove” [“Sin
embargo, se mueve”].
No
es casual que la obra más conocida de Galileo sean sus Discursos Concernientes a Dos Nuevas Ciencias (1638), donde
establece las leyes de la mecánica, el movimiento pendular, el movimiento parabólico,
la caída libre y el plano inclinado, leyes que con total precisión algebraica determinan
las relaciones que determinan estos fenómenos bajo condiciones bien conocidas, con lo que da lugar a las
primeras Leyes Naturales modernas que, junto con las finísimas observaciones de
Copérnico sobre el recorrido de áreas iguales en distancias diferenciadas de la
elíptica astral, van a establecer el rumbo del pensamiento occidental, donde el
herramental lógico matemático será la gran palanca y el gran lenguaje para
hablar de la realidad: todo el mundo
sensible es una inmensa construcción de razones y proporciones inteligibles,
objetos de conocimiento.
Hablar
de Leyes Naturales trajo consigo la semilla de la destrucción de la idea de la omnipotencia
de Dios, pues aunque la intención de sus proponentes caía en el terreno
teológico de demostrar la existencia de Dios, en realidad separó al mundo de la
voluntad divina: el mundo generaba sus fenómenos día tras día al margen de la
voluntad divina y sólo un milagro podía cambiar eso; pero ninguno de estos
primeros científicos pudo documentar un milagro y aún la Iglesia con todo su
peso específico en aquella época pudo contraponer algún milagro que detuviera
el avance de este tipo de pensamiento, salvo la hoguera Heraclitiana
manifestada en las quemazones de la Santa Inquisición.
El
verdadero análisis del movimiento y por ende del cambio se dio en un terreno
fértil que ha dominado desde entonces nuestro conocimiento de la realidad
física: las matemáticas. El primer concepto poderoso que resolvió el dilema de
la dualidad del mundo fue un concepto antiguo llevado a una expresión moderna
que es la función algebraica: los fenómenos no son sino
en función de otros fenómenos, la igualdad en una ecuación significaba que una
realidad era igual, conceptualmente equivalente en tanto otras realidades
conocidas se combinaban en forma perfecta.
Los
resultados exactos provenientes de ecuaciones matemáticas relacionando una idea
con todo lo demás que debía intervenir para darle sentido, es una revolución
intelectual del mundo moderno, que la llevó más allá de una disquisición
teórica en el mundo árabe, a una poderosa herramienta para dar una
interpretación dinámica y repetible a los fenómenos observables, donde si
cambio los factores de un lado de la ecuación, en ese tanto, con una
congruencia precisa, se modifica el otro lado de la igualdad. Desde que
pensamos los fenómenos en forma de ecuaciones y sistemas de ecuaciones, la
dualidad ya no es discutible entre realidad e idea, sino entre dos realidades
que se subsumen en su igualdad. Es por
esto que la idea de que existen Leyes Naturales que son matemáticamente
inteligibles hacen ver a Dios como el Gran
Matemático y más allá de eso, se percibe a Dios como la gran ecuación que conforma todos
los elementos del mundo y eso no es del gusto de los creyentes.
A
partir del Renacimiento el conocimiento matemático arrancó un proceso
progresivo que aún no termina: todo conocimiento que no pueda transferirse a un
conjunto de ecuaciones no tiene soporte para una discusión seria y vemos
desesperados esfuerzos en todas las áreas del conocimiento, hasta en la
filosofía con los positivistas lógicos, de llegar a este paradigma, que por
demás hay quien lo ha puesto en duda con mucha seriedad.
El
cambio y el movimiento empezaron a ser racionalmente comprensibles a partir de
las leyes del movimiento de los cuerpos físicos, aquellas que los griegos
clásicos les restaron importancia por no ser sustanciales, por ser mera potencia frente a los actos que es la razón del conocimiento aristotélico.
A la
par del nacimiento de las monarquías modernas europeas (siglos XVI al XVIII),
se desarrolla un intenso pensamiento matemático, que a veces es mero juego en
las cortes y a veces es reflexión muy profunda para acercarse a las relaciones
fundamentales de las variables del
mundo por parte de los teólogos y filósofos de la época; al introducir en el
lenguaje docto el concepto de “variable” y de “función”, cambia la lógica del Organon para llevarla a otro estadio:
podemos conocer los fenómenos por sus variables y existen constantes que son
cuantitativamente mensurables y cualitativamente indiscutibles frente al peso
de la experimentación, en tanto son proporciones exactas de lo que sucede entre
fenómenos perceptibles. Se produjo así, efectivamente, el paso decisivo de una
matemática de magnitudes estáticas, constantes, a una matemática de magnitudes
variables.
Lo
variable, al fin, es objeto de conocimiento, aunque en este momento del
pensamiento nadie se refería a la dialéctica de Heráclito y a lo sumo con gran
presunción se proclamó que finalmente había sido resuelta la paradoja de Aquiles y la Tortuga al
descubrirse la convergencia de las series y que al menos en eso, los antiguos
filósofos físicos, específicamente Zenón, habían planteado como un falso problema.
Pero hoy sabemos que la humanidad siempre ha convivido con falsos problemas y
hoy estamos llenos de ellos.
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