¿Lo humano está regido por leyes a la
manera de la física?
Una
nueva fe invadió el siglo XIX, la fe en la razón y en el conocimiento de la
verdad a través de la ciencia, aunque como siempre, hubo incrédulos que se
dieron cuenta de que aún faltaba penetrar mucho más en el conocimiento de las
cosas, para poder afirmar con método la expresión parmenidiana de que todo era “uno
y lo mismo”.[1]
Por
lo pronto, el cambio y el movimiento se volvieron temas que sólo había que
extender de la física hacia otras realidades, determinar en éstas su lógica,
identificar sus variables más evidentes y, a partir de ello, su trasplante al
pensamiento matemático. Sin embargo, la ciencia que más alejada se encontraba -y
todavía se encuentra- de esta interpretación matemática del mundo es la
biología, que es la ciencia más cercana a la interpretación del fenómeno de la
vida y por ende próxima a la realidad humana.
En el siglo XIX, la biología se ocupó en determinar las condiciones del cambio observable en los fenómenos de los
seres vivos y las posibles variables que modifican constantemente una
hipotética ecuación donde los seres vivos nacen, se reproducen y mueren; no obstante, más allá de aplicar los
conocimientos físico-químicos de la época al estudio de los seres vivos, hacía
falta una concepción unificadora de los grandes procesos que rigen la homeostasis
en la más amplia diversidad de seres vivos y la mutación constante de
individuos y especies, teniendo que salvar el
problema de que al hablar del hombre los pensamientos se impregnaban de un
antropocentrismo acarreado de las antiguas ideas filosóficas y religiosas, aún vigentes desde
siempre y por siempre.
En
medio de todo este caldo de cultivo que admite hablar sin cortapisas de que el
cambio y el movimiento son asuntos de estudio serio y metódico, en presencia de
los creadores de precisas y perfectas ecuaciones parecidas a las verdades tan
anheladas, los grandes pensadores de finales del siglo XVIII y de todo el XIX tienen
que dar explicación a los inmensos cambios políticos y sociales de su época: el
triunfo de la Ilustración, la revolución industrial en pleno, el principio del
fin de las monarquías europeas, la fiebre constitucionalista y garantista, el
arranque del liberalismo como ideología, el nacimiento de las repúblicas
democráticas, el inicio de la descolonización de las metrópolis europeas, en
fin, todo aquello que define el Romanticismo,
“correspondiente al momento en que hace crisis la estructura dogmático-racionalista
del siglo XVIII”,
un momento de cambios que movieron todas las premisas sobre las cuales estaba
organizada y sustentada la sociedad aristocrática. En este contexto, era
evidente la imperiosa necesidad de nuevos modelos de interpretación de lo
humano acordes a los nuevos conceptos y realidades sociales al tiempo que era
intelectualmente imposible no asumir un juicio sobre los cambios de aquella efervescente
sociedad, máxime que se veía con claridad que el siglo XIX iba a ser
determinado por grandes convulsiones producto del reacomodo de las fuerzas
económicas y políticas.
Pensar
a la sociedad como fenómeno delimitado por leyes generales, equivalentes a las
del movimiento y el cambio en la naturaleza, equipara a la sociedad a un
fenómeno natural que en su dimensión humana se entrevé como histórico, pues la
historia es, desde Heródoto, ese conjunto de sucesos de uno o varios grupos
humanos que se encuentran, en la que se entienden a unos en relación con los
otros y que se van dando en un aparente orden lógico al paso del tiempo. A
partir de las grandes leyes del movimiento de los cuerpos, se quiso entender la
historia, lo humano, como manifestación de una especie de evolución que cumple
al menos con el principio de causa y efecto [2], mismo principio que ocupa
incesantemente a la ciencia y su exploración metódica de los cambios
perceptibles en la materia, su movimiento y transformación.
En los siglos XVIII y XIX el conocimiento científico del movimiento había logrado un
momento de verdad absoluta a partir de las Leyes de Newton y sus impresionantes
secuelas en el conocimiento de otros ámbitos del mundo físico. Esto conllevó a un mecanicismo en el análisis
de todos los fenómenos incluidos los históricos y los sociales, pero era
evidente para el pensamiento europeo de la época que los fenómenos humanos van
más allá del mecanicismo y que el hombre transcurre su existencia en fenómenos
mucho más complejos que los que nos puede mostrar cualquier artefacto. Sin
embargo, a partir de que existen leyes naturales es incuestionable que la razón
es el fenómeno humano que hace posible el acercamiento a la verdad; siguiendo a
la razón, en el siglo XVII se llegó a la “verdadera ciencia” y a un punto de
partida en el conocimiento que ya nadie discute: existen referencias absolutas
productos de la razón. Pero ¿qué es la razón?
Desde
aquel origen etimológico de la palabra circunscrito a la geometría, que
Sócrates transmutó hacia el Logos,
en aquel monárquico siglo XVIII, la razón se entiende como el lenguaje que
soporta la nueva lógica basada en el análisis y particularmente en el análisis
matemático, tan alejado de lo que sabemos y pensamos de nosotros mismos puesto
que sólo sabemos que pensamos, juzgamos, valoramos y socializamos nuestros
problemas. De ahí que resulte incomprensible determinar los problemas humanos
en lenguaje matemático ni contrastado con estructuras mecánicas, aunque no
faltaron grandiosos intentos como el de Thomas Hobbes, que escolarmente se
enmarca como miembro de la corriente del “materialismo mecanicista”, que no
admite más realidad que los “cuerpos” regidos por las leyes universales del
movimiento que establecen la interacción física o el “desplazamiento de unos
cuerpos en relación con los otros” como la única posible causalidad. En consecuencia, sólo lo
que acontece en el cuerpo es real. El hombre hobbesiano es un hombre
mecanicista, es una máquina de movimiento perfectamente articulada.
Es
en el gran período de la Ilustración donde la razón se va a plantear en el centro
de los fenómenos humanos como la única vía de conocimiento válido, que llevará
a la humanidad a un mundo con mayor claridad porque estará más iluminado, sin
ignorancia y sin tiranía
.
Muchos notables pensadores
se dan en el “Siglo de las Luces”, pero nos detendremos en el más notable de
ellos, el que realiza la gigantesca exploración de la estructura misma de la
razón: Immanuel Kant, que nace cuando Newton está muriendo.
[1]
Parménides pensó una realidad inmutable, fija y estable, que se escondía detrás
de las apariencias y que era el objeto propio de la ciencia.
[2]
“El principio de causalidad afirma que todo cambio en la naturaleza y en la
sociedad es el resultado de la labor de causas específicos. A su vez, dicho
principio, es la base de la afirmación sobre el carácter regular del universo.
Esta última afirmación significa que no existen hechos que no estén
condicionados, lo que supone la afirmación de que éstos están regidos por
regularidades.” DEL MORAL RUIZ, Joaquín, Historia
y Ciencias Humanas. Sobre metodología y didáctica, Ed. Huerga y Fierro,
Madrid, España, 1999, p. 77.
No hay comentarios:
Publicar un comentario